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Monte neblina y caña: Análisis introspectivo

Monte, neblina y caña

Estudiar artes visuales en el Instituto de Artes perteneciente a la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo: La introspección como conocimiento.

¿Qué sucede mientras uno estudia artes visuales en Real del Monte?

Lo más seguro es que esta idea perdure por muchos años en mi esencia y corazón, dedicar tiempo a que el arte te consuma siempre es un gran inicio de vida; te levantas y todo es posible. Este texto es el resumen de la introducción a la vida artística.

Cuando uno tiene dieciocho años realmente no sabe qué hacer de su vida, algunos siguen a su instinto; algunos como yo, le hacen caso a los adultos. Decidí estudiar artes visuales por derecho y debate con mis padres, ellos creían en las posibilidades que el arte me iba a traer, estaban seguros que eso sería mi felicidad, me obligaron a exigirme la felicidad. Obviamente yo también quería estudiar artes pero de solo pensarlo me sentía incompetente y por miedo a fracasar mi respuesta era no, mejor estudio otra cosa; agradezco que mis padres no me hayan permitido tomar aquella decisión que satisfacía al miedo, a la pereza y al conformismo.

Hablo a través de mi experiencia de estos cinco años en el instituto de artes ubicado en Mineral del Monte, Hidalgo, México. Al entrar a la academia me sentí la más tonta (todavía lo sigo siendo, pero ahora disfruto ser tonta e idiota) entras al salón y resulta que a la izquierda ya sabían nombres de artistas “reconocidos” que obviamente yo desconocía; a la derecha, llevaban años agarrando un pincel. Yo nada sabia, nada comprendía, ni por dónde buscar, sólo sabía que me gustaba tomar fotos; ni dibujar, ni cualquier otra cosa porque ni sabía que se podía hacer algo más, sólo pensaba en “quiero tomar fotos”. El miedo del primer día siguió hasta que ese mismo miedo optó por acogerme, el miedo a permanecer en esas garras me edificó.

Seguimos aquí, la emoción de estar lejos de casa, de hacerte responsable, de viajar, de ver nuevos paisajes, las posibles fiestas; llantos y nuevas familias es lo que me motivó a mantenerme y a comprender que el arte es la propia vida, como lo menciona Duchamp “usar el arte, para crear modus vivendi, una forma de entender la vida” logré comprender eso antes de saber técnicamente que era arte. Resulta que este concepto tan abstracto, ARTE, te cuestiona todo: ¿Cómo caminas? ¿Cómo fluyes? ¿Qué sucede? ¿Seguro de esa verdad? ¿Seguro de aquella mentira?

Desde primer semestre se me hizo saber que la carrera que había elegido sólo te brinda una educación visual, y vaya que sí. Te corrige la manera de ver todas las áreas de tu vida, de no ser así no estaría escribiendo sobre el proceso personal. Si no se comprende que el arte es lo que te cuestionas fuera de la escuela, creo que se ha fallado; estudiar artes realmente es observar tu contexto, tu percepción, tus creencias, estudiarlos a través de la disección de cada una de tus partes. Aprender artes es abrirte al destrozo, no más; un destronamiento continuo donde ya nada es seguro, pero todo es posible. Tienes, debes de probarte ante el propio arte y, en este caso, ante la montaña que has decidido habitar al pertenecer al instituto de artes en Mineral del Monte, Hidalgo.

Las personas llegan a pensar que esta montaña está maldita, igual y tiene algún hechizo ¿Cómo es posible que cambie tanto el clima a diez minutos de la capital? ¿Cómo es posible que cambie tu percepción de las cosas a diez minutos de la capital? Estar en la montaña es estar en las nubes, el viento te arrastra, la lluvia te obliga a temblar, si no lo haces un enfriamiento de corazón y de pelvis es seguro. Otras personas creen que uno aquí se puede volver loco, es tan extraña. Sus guardianes son los perros, su Dios el turista, se hace de todo para mantener a este ente mítico contento y feliz “Señor gran turista ¿Qué desea? le entrego a mi hija de ofrenda, pero dé de comer a los míos”. Este pueblo es bárbaro, uno sabe que habitarlo es estar dispuesto a que te habiten, estar listo a perderse en la intimidad arrogante de la montaña, nada más, montes y caña. Montaña rara y cruel que te absorbe y seduce; los marineros son presa de las sirenas, el estudiarte de arte promedio es presa de la montaña solitaria y hambrienta.

¿Qué sucede mientras uno estudia artes visuales en la montaña? La montaña te cala, te reta, juzga y eructa en la cara. El arte, si bien se impregna a ti, te retuerce la memoria, la conciencia, revolotea los vagos pensamientos y hasta las más aferradas caricias, ahora une ambos ¿Qué sucede al estudiar artes visuales en la montaña? Es estar dispuesto al turbamiento, a un ahogarse en la nada donde ambos te cachetean y al final terminas durmiendo en una soledad tan preciada. La mágica montaña: Personas mágicas, experiencias mágicas, uno se transforma con la abrumadora neblina del real, neblina que te corrompe, tienta, traiciona y acaba, después te abraza, te obliga a llorar y te regala la preciosa edad del sol; soledad acompañada de besos, abrazos íntimos, borracheras y llantos. Vienes a la montaña a estudiar artes visuales y vienes a conocerte ¿Quién eres? ¿Quién te crees? Eres nada ¿Mucho arte? ¿Mucho artista? pocos huevos ¿Te la creíste?

Esta oportunidad te enseña de todo menos lo que creías que era “arte”, darte cuenta de esto es una grata exhalación. La decisión de estar aquí me brindo libertad, aprendes sobre valentía, determinación, solidaridad y amor, todo es posible. El arte me encontró para encauzarme y proponerme nuevos rumbos, amarme y acogerme entre manchas, dudas he intentos de ser.

Muchas personas se quedaron en el camino, demostrando que todos vivimos este proceso de iniciación artística de diferente manera; el llamado arte no lo encuentras en la escuela, lo encuentras en las derivas, en el puesto de tacos, en risas, en los tropezones diarios, en la caricia al perro callejero, en las chelas de la deportiva; el arte sirve para nada, pero aun así decides hacerlo, buscarlo y apropiarte de él.

Estoy contando mi experiencia, cuento como me abrumé y lloré noche tras noche y, si no lloraba me ponía borracha para no sentir; sobrellevé mi iniciación en la montaña a mi manera, dejando personas atrás, extrañando y dejándome extrañar, reiterando que cada proceso es abrazable. Perfecto ciclo de la vida, crecer, morir, dar, soltar. Aprendes a soltar porque aprendes o te hundes en el camino, está bien dejar y eso me lo enseño la montaña y una clase de dibujo; soltar para avanzar. Fluir, acelerar, soltar, navegar con la intuición por delante.

Intuición, otro punto importante a adquirir en las artes, si tú no te escuchas ¿Quién? Uno necesita de si mismo para exigirse el extremo, el extremo en su obra, en su andar, en sus tactos; uno tiene que ser extremista para en algún punto lograr creer conocer su equilibrio. Necesitas de ti, necesito de mi para serle fiel a la intuición tanto en el llamado arte como en la montaña. El primer paso es intuitivo, después es preciso detenerse, pausar, esperar, contemplar y poder soltar si es necesario, ardua tarea que no digo que sea fácil o que gozo de ella pero sé que es necesaria, lo veo constantemente en la espera de mis amigos, en el interés de mis maestros, en la cotidianidad de mi mamá, en los tejidos de mi abuelita, en las pláticas con recién conocidos o en las crisis nocturnas.

La intuición de seguir en la montaña, la intuición a enfrentarme día a día, momento a momento, me ha permitido estar abierta a percibir el tiempo y espacio que me rodea escuchando cada actuar de mi proceso creativo, escuchando los materiales a emplear, lo que debo o quiero decir, evitando por un momento la intervención de la razón; tú (yo) debemos permitirnos sentir, sentir el frio, el aire, un beso, la risa, sentir la necesidad, la materia, el egoísmo, el ahora, los apapachos, el enojo y los celos. Como artista, sentir, sentir y sentir: Vivir sintiendo, analizando, gozando, soltando.

Vagamente se dice que la vida es fugaz, mágica y universalmente sorprendente, quiero suponer que el arte es su representante más fiel; que como camino, pinto; que lo que callo, rompo; lo que abrazo, lleno de empastes. Que no cumplo con el ritmo, la mancha y la linea constante que me piden para ser artista, pero aun así, me permito emprender el baile tras el ritmo universal, el cual se compone de mil ruidos y pasos extraños que separados son un asco pero juntos ¡qué buena fiesta arman! y a mi, las fiestas me encantan.

Gracias al arte y a la montaña he aprendido a interser, interser arriba, abajo, en la pista, en la discusión, en la chela; que soy nada sin mis compañeros los cuales me han sacado mi lado más odioso, chillón y cariñoso; que soy nada sin el material que me come y regurgita. Que le tengo pavor a la nada y al perder, al perderme; en este proceso también he aprendido a valorar la nada, a dialogar con ella, con el silencio, con la decepción, con el miedo. Que lo que no hago grita de lo que soy, que somos.

He aprendido a interser dando acción a la pieza y respetando la individualidad del momento. Me he dejado ser a través de una mancha expansiva que me involucra en cada acción; soy mediante la pintura chorreante que me saca mil risas y me deja ser río en pleno flujo, vivo en la sensual continuidad de una línea, en la excitante seguridad del prójimo, en el color del momento. Gracias vasta montaña, me has entregado buenos besos con pintura, grandes abrazos y un rico apapacho al despertar.

Estudiar artes visuales en el Instituto de artes de Mineral del Monte, Hidalgo es una hermosa mañana soleada llena de posibilidades.


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